Las vanguardias también han muerto y hay filósofos que proclaman los funerales del arte como lenguaje. El rey ha muerto ¡viva el rey! Y en esta tesitura de incertezas, donde la única verdad son unos ojos oscuros y algunos atardeceres, tengo que elevar un panegírico a los grabados de mi amigo Sesé.
En virtud de esta amistad, que ya cotiza algunos trienios, mi visión ha de ser, por fuerza, un pelín amariconada. Porque Sesé posee hechuras de efebo griego y sus talleres, el Mas de Flors, el Mas de Cucala, están hechos de piedra caliza y de rodeno, de huertos aterrazados donde copulan con la madre tierra las raíces milenarias de olivos, algarrobos y almendros. ¿Hay árboles más neoplatónicos y epicúreos? Sesé podría ser un oficiante de Dionisos bajo el sol mediterráneo que enciende el grito aliterado y monocorde de las cigarras. Sesé del Mas de Flors, Sesé del secano, Sesé el amante de Paloma, Sesé de los otoños cuyo calendario marcan tordos con pechugas de aceite y níscalos de sangre inflamada como un vino griego.
Sesé es joven. Su juventud, su adscripción generacional, pudo haber hecho de él un epígono de aquella feraz ubre que fue la pintura impresionista del mediterráneo. Ese estallido de luces afiladas que destapó Sorolla y que aún se prolonga en nuestros días con mediocres producciones de establecimiento de decoración kitsch pairalista. No, Sesé no pinta venerables olivos ni ninfas vaporosas de caderas rotundas que retozan a la orilla de un mar metafórico.
El Mediterráneo, sentenció Manuel Vicent, es un mar muerto, ha quedado reducido a una categoría de la mente. Lo demás son cursiladas y ganas de tocar la gaita. Por edad Sesé se adscribe a un grupo de jóvenes que han visto caer el polvo sobre los lienzos cagados de mosca de las escuelas olotina, valenciana... del paisajismo de caballete i efectismo fácil. Bonne nuit, Monsieur Courbet! Sesé, como otros jóvenes pintores castellonenses coetáneos -cuyos nombres me callo para evitar herir sensibilidades sensibles de vientres agradecidos- ha bebido en copas universales y ha creado un lenguaje propio edípico, ha sabido suplantar al padre i enriquecerse en ese viaje a Ítaca personal por la pintura, la cerámica y el grabado.
Sesé no hace concesiones y ha recuperado, desde hace cinco años, el noble oficio del grabado para la esfera universal del arte del que, como el filósofo aludido, ya no sabemos si es un lenguaje o qué.
El grabado, digámoslo claro, ha sido el hermano pobre de la pintura y del dibujo. El grabado, encumbrado a sus más altas cotas por Durero o Holbein, fue hasta el advenimiento revolucionario y mimético de la fotografía, el compañero pobre de los tipos móviles de Gutenberg. Sólo cuando la ilustración fotográfica penetró en el corazón encuadernado de los libros, el artista blandió el buril o los ácidos como armas cargadas de futuro y ahí quedaron, para la posteridad, los grabados y aguafuertes de Pablo Picasso, Joan Miró, Edward Munch...
Abolida la esclavitud literaria del grabado, éste se ha mostrado como uno de los campos más interesantes para la investigación artística: es una tentación atractiva que amplía el campo experimental del artista, posibilita una difusión más extensa de su producción y acrecienta su versatilidad creativa con unos recursos y unas técnicas diferentes de las habituales. Sesé lo comprendió pronto y, sin renunciar al óleo y a la cerámica, donde ha obtenido notables resultados, ha centrado su oficio en el grabado. Sesé graba, fabrica sus papeles, elige sus tintas y huye del Mediterráneo tanto conceptualmente como comercialmente. No busquéis un Sesé profeta en su tierra. Sesé es un ciudadano del mundo y tan pronto lo sorprenderéis en Estocolmo, como en Neuchâtel, Evian, Düsseldorf, Borriol o Amsterdam. Sesé es como un estornino pinto que te roba las olivas y se las lleva movido por un impulso hiperbóreo. Por eso Sesé no es un artista provinciano, ni es local, ni localista, ni cultiva el ego agradecido y huertano de esta franja costera que algunos llaman el Levante feliz o el Jardín de las Hespérides.
Este catálogo de sus estampaciones de los últimos años muestra cómo Sesé ha ido evolucionando en su oficio. En los primeros grabados plasma en la celulosa de lino aquellas marinas terribles, atormentadas. Son marinas, sí, pedazos de ola que rompen contra la retina del espectador. Sin embargo, estas marinas, que trasladó del lienzo al papel, son como aquel experimento de Botticelli en el que si lanzamos una esponja impregnada de pigmento contra una pared obtendremos un resultado nada desdeñable. Los grabados de Sesé participan de ese neoplatonismo renacentista sin renegar de la figuración como embrión u omphalos del concepto expresado por las planchas.
Un grabado de Sesé será un paisaje o una sartén con caracoles, pero si os adentrais en el alma de la pieza descubriréis una fractalización cromática que alberga una vasta amplitud de mundos abstractos, menos prosaicos e infinitamente más reveladores que el concepto figurativo que ha expresado. Por eso, no miréis estos grabados con el ojo torpe del crítico que se aleja del cuadro para obtener una visión global de la obra. Aplastad, por favor, vuestras cultivadas narices contra el papel. No es necesario que os limpieis antes vuestras mucosas. La obra no se resentirá, está hecha de gruesa pasta quÍmica de lino, y os será dado asomarse esos pozos -bellÍsimos- que son los mundos abstractos, bipolares de Fernando Sesé.
Mirad, mirad, desenfocad unos fragmentos y pasead por otros. Escrutad, diseccionad sus grabados, robadles su fuego. El fuego se hizo para que lo robaran Prometeos como vosotros. Ya no hay flores, ya no hay naturalezas muertas, ya no hay marinas, ya no hay peces, ya no hay árboles, ya no hay sartenes, lirios, higos chumbos, membrillos, hojas... Si conseguÍs desvelar uno solo de los mundos secretos de Sesé entraréis en el corazón de la nebulosa y os sentiréis arropados por la totalidad del universo. Seréis infinitamente bebés e infinitamente viejos. Como en el pasaje final de la novela de Arthur C. Clarke, 2001, una odisea espacial, el mundo será vuestro y, paradójicamente, no sabréis qué hacer con él.
Lino, carborundum, nácar, limaduras metálicas, tintas doradas y plateadas, sopletes, cascos de barcos desguazados, pintura para automóviles deportivos... La aparente simplicidad de estos grabados de Sesé encierra una complicada elaboración en la que, a veces, son necesarias hasta dieciocho pasadas por el tórculo. Y la calcografÍa es un juego de niños cuando Sesé se propone obtener diversos volúmenes en un mismo papel. El soplete muerde orificios y crea desniveles en una superficie aparentemente lisa e inerte como es el papel. Este lino grueso, como un lienzo de pared encalada, es una amante receptiva que absorbe el semen creador del poeta-artista Sesé y proclama su paternidad en un estallido cromático.
Sesé, por lo tanto y como corolario, no es aristotélico estricto sensu, no busca la mimesis de la realidad. La recrea con el divertimento simple de un pez, unos caracoles o una flor. ¿No es eso una aproximaciùn a la realidad sin prejuicios apriorísticos? Sesé del Mas de Flors, Sesé del secano, Sesé el amante de Paloma, Sesé de los otoños cuyo calendario marcan tordos con pechugas de aceite y níscalos de sangre inflamada como un vino griego.
A veces nos sentamos debajo de una higuera a
contemplar el crepúsculo hecho de brasas y del azul del
horizonte. Sopla un viento suave y se enciende la primera
estrella. El vino está fresco y tiene un poso de ánfora. Canta
el último mirlo mientras Joan Ripollés y Manuel Vicent ofician
de demiurgos. Ignoramos si somos ángeles o neófitos. Tal vez en
esa duda reside el secreto de la felicidad.
Antoni Albalat
Verano, 1995