Joan Ripollés
Faune de pleniluni
EL BUHOGRITO DE LA ALEGRIABAILARINA DE LOS 3 BRAZOS
SOLLA FIERALA SILENCIOSA



© 1996, Museu del Codony

La epifanía del fauno en el algarrobo

Zumba y descoque. Pan, cuando todos creíamos que el gran dios Pan había sucumbido en el crepúsculo de los dioses o en las gloriosas páginas de Arthur Machen, resurge con taparrabos, la picha-falo-chile-guindilla-bitxo-coralet enhiesta y un manojo de pinceles en cada mano. Del terror pánico hemos pasado al color pánico. El sátiro heleno cabalga de nuevo sobre las pezuñas sólidas del oficio bien aprendido, de la torería hecha lienzo, de churretes de óleo por caireles y alamares; de la pintura que como Internet no conoce fronteras ni estrecheces espacio-temporales.

Para quienes no lo conozcáis os diré que Juan García Ripollés -el Beato Ripo- nació en 1932 en un pueblecito de Valencia y, muy chiquitín, lo trajeron al barrio de la Guinea de Castellón de la Plana, un racimo de viviendas periféricas, pobres y undergrounds de esta ciudad. Ripo no tenía más futuro que el del artesano manual, poco cualificado y peor pagado. Subsistir e ir tirando como hicieron sus ancentros que, en tiempos de la cruda postguerra española (1939-75) no era poco decir. Juan, Ripollés -el beato Ripo- se subió al andamio y empuñó una brocha. Una brocha gorda, noble y encendida por la misma cal que estalla en las paredes de cualquier pueblo de cualquier orilla del Mediterráneo. Juan nos adecentó la casa con la limpieza ardiente de la cal. Mas no paró ahí la cosa y el obrero, en vez de aficionarse al once titular de nuestros colores locales, afiló con garbo la brocha y el lápiz como si se tratasen de las navajas de luna de los gitanos de bronce de Federico García Lorca.

Y de aquellas brochas, de aquellos carboncillos de brasero familiar, surgió el sueño de la razón que no engendró monstruos, sino monigotes taumatúrgicos, esbozos de lo que iba a venir. Y Juan vió que el mar era ancho y el mundo pequeño; que podía perseguir al sol y alcanzarlo si corría veloz, venciendo al sueño y superando los estrechos montes que cierran esta fértil llanura valenciana. Juan, humilde pero radiante, se abrió al mundo y se fue a París; a beber en las copas donde pusieron sus labios y sus paletas los impresionistas, los expresionistas, las ninfas de Watteau, las cabezas coronadas de Louis David, las putas de Tolouse-Lautrec, los delirios surrealistas y el cubismo fecundo y universal de Pablo Picasso. Juan sufrió en París casi tanto como las manos del pescador de Ernest Hemingway, ávido de un pez imposible. Juan pasó hambre. Defecaba en los rincones de los portales sobre hojas de periódicos. Comía en los cristales relamidos de la pastelería. Pero perseveró con el estómago vacío y las neuronas elásticas como antenas de insecto. Y cuando hubo bebido de todas aquellas copas, cuando hubo ayunado toda su hambre, cuando pintó todos los monos negros del mundo... porque Juan, en aquel descenso a los infiernos, no tenía ni musa, ni novia, ni nada, se inspiraba con la deformidad simiesca del chimpancé, el gorila y el mandril... cuando reventó de pintar monos; aún antes de alimentar su estómago, Juan alimentó sus brochas.

Y las brochas, agradecidas, florecieron al tiempo que el sobado mayo francés. Entonces Juan descubrió ese mediterráneo cuajado de mitos, toros y hembras. Ese mar con riberas palestinas, hebraicas, islámicas, católicas, apostólicas, romanas y ortodoxas. Así nacieron sus hembras: con unas ubres en las que pueden abrevar todos los toros del deseo, así volvieron a florecer los almendros y los perrillos huertanos movieron alegremente sus colas al tiempo que los labradores fornicaban con la hembra, toda rosa, toda flujo, toda pasión. Juan fue profeta en su tierra. Aquí adivinó su porvenir Manuel Vicent y levantó acta con pluma dorada en aquel retablo gozoso de "Ángeles o neófitos" y Juan ascendió a los altares, devino beato entre el incienso del poleo y las campanas de las cigarras.

Con el tiempo al beato le creció la barba y fue ésta un homenaje a su tierra: la pobló de romero y se puso una montera. Porque había visto al toro y lo agarró por los cuernos. Porque en el redondel áureo del taurobolio le cortó las orejas a Apis, Atis y Mitra. Y Juan volvió a Europa y en los lectivos campos de tulipanes plantó el coño jugoso y alegre de sus musas, el azul metálico de su mar y la plata vibrante de los olivos. Y los fríos europeos se derritieron ante su fuego de almejas y sardinas.

Y Juan mordió con ácidos y tórculos el papel verjurado, monumental, de los libros de Josep Pla. Y nos enseñó la matemática y las ciencias exactas de las gallinas que ponen huevos cósmicos en la Pascua florida. Generó hijos: Paloma, Yerma y Tayo y nos trajo vinos franceses con cuerpo de abadía gótica y quesos holandeses esféricos como la bola del Niño Jesús de Praga.

Y Juan miró esta tierra y vio los ribazos de piedra seca, los algarrobos retorcidos, los tomates en sazón... y compró una masía y la quiso como a una novia y en ella libamos en noches de plenilunio, bajo el signo del Cangrejo.

Y ahora, cuando el 2000 llama a nuestra puerta, Ripollés vierte su copa sobre el papel, besa los abrigos rupestres mediterráneos e inventa nuevos pictogramas en la constelación coloreada del arte. Vuelve a lucir el pañuelo del obrero humilde sobre su cabeza florida. Y nosotros, sus amigos, compartimos con él el pan, la sal y las musas ¿Acaso hay que pedir más?

©Antoni Albalat Salanova, 1996